Los candelabros de plata de Jean Valjean y el anillo de Carlos Menen: De los miserables al peronismo magnánimo.

En 1862 Victor Hugo (1802 – 1885, Paris) escribe y publica su obra más célebre: Los Miserables. La lectura de este interminable plomazo francés es, sin embargo, imprescindible para la formación civica de los jóvenes de una nación culta.La obra, cuya extensión supera las mil páginas, tiene una escena magnífica. En ella se describe como un obispo (nunca pude recordar su nombre) recibe en su casa a Jean Valjean, protagonista de la novela y representante de los miserables de su época que, dicho sea de paso, era tan injusta como la actual.

El religioso agasaja con buenos tratos y abundante comida al menesteroso Valjean quien, aprovechando un descuido de su anfitrión, mete en su bolsa de forajido todos los cubiertos de plata que encuentra en la casa del – ¡cuando no! – opulento eclesiástico. La escena continúa unas páginas más adelante cuando la policía atrapa al desventurado miserable y lo lleva esposado ante el religioso para que le devuelva lo robado.

Entonces, el obispo le dice al comisario Javert algo asi: «Pero si este buen hombre no me ha robado nada. Yo mismo le regalé esas piezas. Y también le había ofrecido estos candelabros de plata que se olvidó de llevar.» De esta manera, Jean Valjean recibe, por primera vez en su vida, el estado de inocencia que, por única vez en su vida, no se merecía.

Unos ciento cincuenta años más tarde el peronismo, de la mano de Carlos y Zulemita Menem, recrea este bodrio europeo con pintorescos detalles más propios del subdesarrollo latinoamericano que del pretencioso realismo mágico oriundo de esas geografías.

Veamos la nueva versión de Los Miserables. Mauro, trabajador de la salud en la ciudad de Buenos Aires, le roba al recién muerto Carlos Menem un valioso anillo que el ex mandatario seguramente había comprado con la plata obtenida de su honesto trabajo. Luego de muchas idas y vueltas, y gracias a la valiosa intervención de Justina, la tía de Mauro, el anillo vuelve a manos de Zulemita Menem, una de las herederas de esa fortuna tan honrosa, tan cuantiosa y tan peronista.

En un video monumental se ve a una espléndida Justina, que increíblemente se llama igual que la protagonista de un relato de Sade (conocido autor de otros plomazos franceses), ordenándole con firmeza a su sobrino: «Mírame sin agachar la cabeza y dime que ha pasado con el anillo del Carlos Menem».

El joven, desgarrado por la vergüenza, confiesa arrepentido su crimen y obtiene el perdón de la sádica Justina. En este punto, es necesario que el amable lector advierta que combinar la confesion del reo con la absolución de su pena es otro milagro argentino que ni siquiera Dostoievski había conseguido en «Crimen y castigo».

Para terminar esta «remake peroncha», aparece la magnánima Zulemita Menem agradeciendo, en forma casi religiosa, la devolución del anillo. En similtáneo, la piadosa hija de Carlos Saul les implora a los jueces que sean benévolos a la hora de castigar a Mauro, el nuevo mártir de la opulencia.Ni el inmortal Osvaldo Lamborghini hubiera sido capaz de imaginar semejante relato del más exquisito paladar peronista.

Por Fernando Shina

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