La náusea no es por Sartre…es por ellos

Por Virginia Canal

Jean-Paul Sartre (1905-1980) documentó en una de sus grandes obras, “La Náusea” (1938), el sentimiento desértico que parece apesadumbrar al hombre. Es precisamente esa sensación de vacío (la náusea) la que desmoraliza su concepción del mundo y le aporta cierta dosis de agonía a su existencia endeble, perturbada y sin objetivos próximos a la vista.

Toda la novela —con sustento filosófico en el existencialismo que guiaba a Sartre—está dirigida a demostrar que cuando el hombre reconoce que su vida está vacía, su existencia se torna inconsecuente y mudable.

Esta circunstancia le origina la náusea. En la tenebrosa Argentina de hoy, nos causa náusea la presencia iracunda de dos personajes dantescos (aunque hay, tristemente, muchos más), dispuestos a todo con el mero propósito de lograr la suma del poder, el control absoluto y la impunidad de su majestad.

Apelando al argumento falaz de garantizar la vida, estos dos tragicomediantes (sic) recurren a la más inútil clausura, a la segregación, a la persecución y al silenciamiento de los habitantes; sin embargo, lo único que han logrado es que la existencia —ya casi—desintegrada de los ciudadanos se vuelva realmente vacía y sin sentido.

No permitamos más que nos sigan generando náuseas, ni tampoco ver “…a otros bruscamente sumidos en la soledad. Hombres solos, completamente solos, con horribles monstruosidades…” (Sartre, La náusea).

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