La educación en estado de coma

Por Virginia Canal

El estado de coma proviene del griego “Koma” que significa sueño profundo. Es una circunstancia clínica por la cual disminuye el grado de conciencia; ello conlleva la imposibilidad de responder a estímulos externos pero también a carestías internas.

No es una enfermedad propiamente dicha, se trata —para decirlo grosso modo— de un síntoma que presagia la presencia de otras patologías o lesiones. En definitiva, el estado de coma implica, según su nivel, desde una mínima obnubilación a una pérdida de conciencia absoluta o coma profundo.

En esta última categoría ya no se obtiene respuesta alguna, incluso frente a estimulaciones dolorosas agudas. Ya ha pasado más de un año desde la muerte de la presencialidad en las escuelas con el argumento de los eventuales contagios por el virus de la COVID. En marzo del 2020 el sistema educativo se vio obligado a un cambio drástico para garantizar, en una paupérrima apariencia, la continuidad de la enseñanza-aprendizaje.

Eso, sin lugar a cavilaciones, confirma trágicamente la definitiva entrada en coma de la educación en Argentina. Educación que ya atravesaba muchas y graves dificultades, que venía rezagada, desgarrada, agonizante. Educación presencial —auténtica ordenadora del sistema—que, previo a la pandemia, ya era obsoleta y escasa. Abro paréntesis con el propósito de aclarar que no hago alusión a los docentes; todo lo contrario, culpo directamente de la desdicha del sistema educativo argentino a los únicos responsables de garantizarlo: los gobiernos de turno, a los gremios docentes y a los funcionarios que, detrás de un escritorio, marcan la cancha…o la desdibujan…o la embarran.

El arribo a estas tierras, fecundas en materia formativa alguna vez, de la archifamosa virtualidad como aval de la educación, no es más que la fachada cruel, brutal e inhumana que los oficinistas de guante y galera pudieron haber pintado con témperas de colores adulterados

¿Qué tipo de educación preserva el “zoom”, el “meet”, entre otras varias plataformas, si se tiene en cuenta que para acceder a clases online se requiere —en principio— de dispositivos móviles y conexión a internet, algo que no disponen el 100% de los alumnos a lo largo y ancho del país? Una sola realidad mata el relato completo.

Resumiendo, en Argentina, los protagonistas del sistema educativo son el eslabón más castigado de la cadena de instrucción: los educadores y los educandos. Ellos son las auténticas víctimas de las bajadas de línea que se les ocurren a burócratas cuya única función parece ser agravar la desidia y la ignorancia.

Consecuentemente, el futuro del país también se ve inmolado. Sí, la educación entró, concluyentemente, en estado de coma; y está a un paso de sucumbir. Esa es la educación muerta que necesita Alberto & Company para perpetuarse en el poder: dead people walking. ¿Qué va a priorizar la Corte en esta librada batalla judicial en defensa del derecho sagrado a la educación? ¿El futuro del país o tener una huerta llena de vegetales?

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