La Corte y los golpes de Cristina

El editorial de Pablo Rossi en La Nación Más sostiene que Cristina Kirchner pretende instaurar una autocracia y advierte una sumisión completa de Alberto Fernández ante la figura de la vicepresidenta.

Bienvenidos a la autocracia de Cristina Kirchner, protagonista única e ineludible. El resto son actores de reparto. Salió con aires de diva y toques monárquicos. Volvió. Es ella. Ocupa toda la escena.

Hoy falló la Corte Suprema de Justicia sobre el tema de la autonomía de la ciudad de Buenos Aires. Gran noticia por principio y por Constitución, porque la carta magna manda. Y cuando la Constitución de un país de Occidente se impone, la república tiene chance. Aún con toda la imperfección de la democracia.

Pero Cristina Kirchner piensa en otra democracia. Piensa en una autocracia. Ese es su pensamiento dominante y de ahí para abajo todos sus delfines, colaboradores, lacayos, chupamedias, ministros útiles, intelectuales, artistas y militantes se encolumnan detrás de ese concepto.

La vicepresidenta entiende que el poder que dan las mayorías a un gobierno no tiene límite. Por eso, la vieja idea de la democratización de la Justicia, que fue bloqueada por la gente votando nada más ni nada menos que a Sergio Massa.

Cristina Kirchner golpea a Alberto Fernández. Tanto lo golpea que lo vuelve casi insignificante. Luego denuncia un Poder Judicial que la golpea y que lo golpea a él. Es decir, la Corte Suprema de Justicia golpea a ambos. Moraleja: si Cristina golpea y luego ve golpes de la Corte en su contra o en contra de su gobierno, es porque quien está acostumbrado a vivir a los golpes, ve golpes en todas partes.

La autócrata expresidenta no menciona que el verbo ‘aumentar’ hoy es traducción de inflación en la Argentina. Tampoco que la inflación es responsabilidad de su gobierno o del de su delegado. Todo lo que aumenta en la Argentina es por la inflación. Con esto, vuelve a la vieja idea del populismo de que la culpa es de los malvados empresarios.

El Poder Judicial es problema de Cristina Kirchner. O mejor dicho, la vicepresidenta tiene un problema con el Código Penal. A partir de tener un problema con el Código Penal por todas las causas acumuladas de corrupción contra ella, su familia y sus ex funcionarios, todo el Poder Judicial se transforma en un problema. Esa es su obsesión.

Ese fue el motor del diseño del frente que finalmente triunfó en las elecciones. Esa fue la motivación de buscar a un político del palo, a alguien de confianza que traccionara los votos que ella tenía impedidos. Efectivamente, sin Alberto Fernández o Sergio Massa, Cristina Kirchner no regresaba al poder. Pero una vez que volvió al poder, el poder es propio. Es por eso que sale ella antes que el presidente. Primero fue ella la que habló, después de un silencio que aturdía. De hecho, sigue sin mezclarse con la pandemia. No habla de aquellos temas que la puedan perjudicar.

Ayer habló de Joe Biden porque se ha transformado en un fenómeno político al aplicar lo que es música para los oídos de Axel Kicillof: el keynesianismo. Es decir, fuerte presencia del Estado ayudando a la economía mediante un gran programa de obra pública y subsidios directos para recuperar la actividad en la pospandemia.

Lo mismo hacen países como la locomotora de Alemania en Europa. Pero atribuyéndose a una virtud peronista, ayer poco menos que Cristina Kirchner comparaba a Biden consigo misma y con el peronismo. Porque además Biden promovía volver a la idea de los sindicatos y de la representación de los trabajadores. Claro, el presidente estadounidense no tiene al Pata Medina, a Moyano y a toda la runfla.

A través de sus tuits, la jefa del Senado se mete en la geopolítica porque cree estar a la altura de los grandes liderazgos mundiales. Después baja a tierra cuando ve que tiene problemas con su gestor. Con ese presidente que eligió y que hoy no le funciona. Sale a decir todo esto porque quiere disimular el golpe palaciego que le ha producido y le sigue produciendo a Alberto Fernández.

Hacer que un subsecretario se le insubordine y mostrar pornográficamente dónde está el poder en la Argentina -que no está en la Casa Rosada ni en Olivos sino en el Instituto Patria- es golpear al presidente de la Nación, a su socio. Lo golpea, lo trae, lo saca y lo pone. Lo debilita hasta la insignificancia. Hasta simbólicamente.

Y Alberto juega ese juego. Tal vez porque tiene un síndrome de Estocolmo de siempre, porque no tiene nivel o porque jamás encontró una manera de ser presidente. Tiene una vocación de sumisión a Cristina y lo demuestra directa e indirectamente. Hoy tenemos un presidente reducido a un provocador tuitero, como cuando estaba en el llano. Va de segundón de Cristina. Triste papel juega.

¿Ignorarán la sentencia de la Corte Suprema? ¿En qué quedamos? ¿Alberto Fernández es un hombre de derecho que acata lo que dice y después no va a hacer caso al fallo? Explíquese bien presidente porque la verdad es que es muy difícil seguirlo. Es tan difícil como comprender su incoherencia, que ya es hasta trivial.

Es un juego de niños ir a Twitter y ver cuando usted decía exactamente lo contrario de Cristina Kirchner y la Corte Suprema de Justicia. Casi que preparó la contestación a la vicepresidenta en 2013 en un tuit viejo. “Si CFK no entiende por qué la Corte es un ‘contrapoder’ deberíamos averiguar quien la aprobó en Derecho Constitucional. ¡Basta de sofismas!”, escribía en junio de ese año.

Sería cómico si no fuera trágico. En lo que se ha reducido a sí mismo. Hoy el presidente no acepta el contrapoder. Su socia tampoco. ¿Le va a pedir el título? Demasiado bizarro, demasiado grave y demasiado psicopático.

Cristina Kirchner quiere que Joe Biden sea peronista y lo sueña como antes lo soñó a Obama, hasta que le hizo un corte de mangas y la ignoró totalmente. A partir de ahí, lo aborreció a Obama. Ella quiere que Biden se parezca a Vladimir Putin o a Nicolás Maduro.

Solo que no tomó esa parte del discurso de Biden, cuando plantea que Maduro, Putin y Xi Jinping son enemigos de la democracia. Eso no le conviene a Cristina. Ella quiere ver un Biden parecido a Putin y no a Roosvelt. Es otra manipulación capciosa. La ignorancia de Cristina Kirchner es solo igualable a su megalomanía.

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Fuente: pablorossi.cienradios.com

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