Cristina: un Falso Positivo.

Por Fernando Shina

Cada vez que tenemos que tomar una decisión, sea para resolver asuntos propios o de terceros, nos enfrentamos a la probabilidad, más o menos alta, de no acertar el diagnóstico y equivocarnos. Toda decisión se toma con la natural angustia que produce la incertidumbre del resultado.

Muy básicamente, puede decirse que hay dos clases de errores. El primero, consiste en creer que algo o alguien es lo que luego se demuestra que no era. El segundo error, describe el escenario opuesto: se cree que algo o alguien NO ES lo que finalmente SÍ era.

Veamos un ejemplo concreto. Desde los medios y desde la propia oposición (Lilita Carrio a la cabeza) nos inducen a creer que hay que legitimar el gobierno del inmoral Fernández porque, si se cayera ese infeliz mandatario, Cristina asumiría el poder para concluir la ruina del país que comenzó el peronismo repugnante hace 80 años.

Para esta visión, el mayor peligro de la República es Cristina y no su inepto lacayo. Sin embargo, Cristina es una persona simple y temerosa de ir a la cárcel por ladrona. Ella es lo que técnicamente se denomina error de Falso Positivo: alguien que creemos que es lo que no es. Por algún motivo, nos quieren hacer creer que ella representa un peligro para la República cuando en realidad nos debería dar más tristeza que miedo.

Es que, más allá de su patético histrionismo, Cristina sería incapaz de gobernar la República o, eventualmente, liderar un golpe de Estado. Dicho en otras palabras: Crsitina sin Alberto no dura una semana en el poder. El cementerio de la República tiene otro nombre: La Cámpora. Esa banda disoluta, compuesta por imtelectuales más bobos que anacrónicos, mafiosos nada bobos, expresidiarios desquiciados, y corruptos extasiados por el falso orgasmo de la codicia, es el verdadero problema de la República Argentina.

No estamos viendo al enemigo real porque el «fantasma de una ladrona» (versión criolla de la magistral obra de Oscar Wilde) le allana el camino al verdadero asesino. Si Alberto Fernández se estrella contra el muro infranqueable de su propia inutilidad, ese golpe demoledor también acabaría con el espectro fugitivo y sin otro poder que nuestro miedo. La renuncia del Presidente Fernández sería, entones, el único servicio de Alberto a la Patria.

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