La pandemia de las masas

Por Virginia Canal

“¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!” pronunciaba en 1939 un visionario José Ortega y Gasset (es UN pensador, NO DOS como señalara una agreste presidente de algunos argentinos). El filósofo español es autor de una de las obras más impactantes del pensamiento occidental por la vigencia que no pierde, a pesar de haber sido publicada en 1930: “La rebelión de las masas”.

En el colosal texto no se hace referencia a la sublevación de las masas como levantamiento popular contra las injusticias tal como vulgarmente se conoce a esta noción, sino que se describe al hombre-masa y a los Estados que este gesta. Narra también la realidad figurada, disimulada y sin ninguna hondura ni propósitos en la que sobrevive el protagonista, precisamente el hombre-masa.

La masa es desequilibrada, no respeta; se impone y altera el orden al haber perdido el sentido del oído y la capacidad de reflexión. La masa, en definitiva, es el triunfo de la trivialidad y la grosería cuyo resultado fue el “especialista”, ese hombre-masa que Ortega y Gasset definía como un sabio-ignorante. Para el especialista, su opinión es la única válida, es la verdad con que intenta disciplinar al resto.

En esa imposición de la simple opinión del hombre-masa, se cometen muchos y gravísimos errores ¿Por qué? Porque el hombre-masa está impedido de aprender al no escuchar ni razonar. El sabio-ignorante evita lo que la historia cuenta y destina su necedad al proponer la revolución que, inevitablemente, no tiene mérito triunfal alguno. Lo más peligroso de esta masa desenfadada y obtusa es que crea un Estado que se pone a disposición de sí misma.

Sin embargo, el producto obtenido es directamente inverso a la idea original: la masa obedece al Estado creado por ella ¿Y cómo es ese Estado? Ya lo explicó Ortega y Gasset: “el andamio se hace propietario e inquilino de la casa”. El Estado alumbrado por la masa se convierte en el brazo ejecutor de una sola persona que se adueña de él y lo pone a andar según sus necesidades perversas.

A modo meramente ilustrativo se trae a colación a Hitler quien, una vez en la cima del poder, solo tuvo que emplear la máquina estatal de modo extremista para cumplir sus objetivos despóticos y crueles: las herramientas democráticas ya le habían sido conferidas por la masa, le quedaba instruirse en su uso y trazar un plan infalible en aras sofocar gradualmente a todos los disidentes de su gobierno.

Como afirmáramos al inicio, “La rebelión de las masas” es un libro que no deja de estar en vigor; en él se refleja parte de una sociedad violenta, dominante —aunque también dominada— y corriente. Y Argentina no podía quedar exenta del pensamiento que plasmó su autor ¡hace casi una centuria! Con el uso y abuso de la pandemia, el oficialismo argentino agita el temor de la masa—y el odio hacia sus pares—ante el avance de la Covid, y ello lo hace en la antesala electoral (nada extraño para estos opresores, todo lo contrario, esta actividad se encuentra en la primera página del Manual para el intento de pequeño autócrata).

Traducción: desde el gobierno K-A dominan a través de la intimidación, la opinión y la acción de los individuos que caminan en bloque de cemento. Además, ejecutan ese caos dentro del marco del terror democrático que les significa el sufragio, arma blanca que, bien saben, les puede asestar el golpe mortal. En suma, las masas cascoteadas en la cabeza por el gobierno kirchneroalbertista, clausuran su pensamiento crítico y prefieren correr como una horda de zombies sedientos de sangre fresca detrás de los dichos de una persona (o dos), cuyo propósito no es cuidar la vida de nadie más que la de ella misma.

Otro genio como fue Oscar Wilde, y a quien no interpretamos oportuna y lamentablemente, también nos anticipaba en “El retrato de Dorian Gray” el inmenso y letal poder que ostenta la manipulación de las masas: “-La buena influencia no existe, señor Gray. Toda influencia es inmoral, inmoral desde el punto de vista científico.-¿Por qué?-Porque influir en una persona significa entregarle el alma. Ya no piensa con sus propios pensamientos, ni se consume en sus propias pasiones. Sus virtudes dejan de ser reales. Sus pecados, si es que existe tal cosa, son algo prestado. Se convierte en el eco de una música ajena, en el actor de un papel que se ha escrito para otro.”

No hay jamás rebelión en las masas, solamente existe la supremacía controladora de una idea despótica que, aprovechando su potestad gubernamental, esclaviza cerebros organizados en módulos. Así que, estimado Ortega y Gasset, ajustaremos más el título de su obra al presente: “La pandemia de las masas”; y algunos haremos honor a tu exclamación: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”…ya es tiempo.

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