Relato salvaje. El asistencialismo del pobre y del ignorante como única herramienta del régimen K

Por Virginia Canal

Ya pasaron más de 4 meses de ese último día de un 2020 que hubiésemos preferido no transitara por nuestra biografía. Y llegó, esperanzada y rescatista (¡qué ilusos!), la utopía de un 2021 más sosegado.

Sin embargo, la herencia que dejó ese período, marcado no por la COVID sino por la inoperancia, las maniobras fraudulentas y la corrupción del régimen totalitario K-A, no es repudiada por el calendario: un sistema sanitario más enfermo y débil que los propios contagiados, la educación burlada por los clowns burocráticos que —detrás de una pantalla— dan las órdenes más patéticas y peligrosas para el desarrollo de una sociedad culta y pensante, la (in)seguridad emboscando nuestras vidas que han quedado libradas a la sentencia que nos quiera imponer “vuestra señoría” los criminales, la justicia anestesiada y pateando penales para el arco contrario, la economía oprimida y destruida, y las instituciones democráticas más autoritarias y absolutistas que nunca.

En el centro del ovillo, una elección de medio término que obrará como termómetro de nuestro futuro. No puede causar aversión —todo lo contrario, debe avergonzarnos, aunque principalmente ha de ruborizar a los sucesivos (anacrónicos y contemporáneos) gobiernos que han administrado y que administran a esta sagrada patria— el sostener que los argentinos hemos padecido años, y muchos, de creación y profundización de la pobreza y la ignorancia.

Ambos factores yendo de la mano y enamorados, dieron paso al nacimiento de sectores dominados por la necesidad, la inopia y la rusticidad. Estas parcelas de seres humanos despojados de su DIGNIDAD por la propia clase política que los usa y los abusa por su condición de inferioridad, disociados de todos los beneficios de la cultura del trabajo y la educación, han quedado sometidos al grave y penoso asistencialismo.

Vale aquí aclarar que asistencia difiere de asistencialismo. Para Alayon, (2008, “Asistencia y asistencialismo. ¿Pobres controlados o erradicación de la pobreza?) “la asistencia es un derecho social perdido, restringido. No una dación bondadosa del Estado o de instituciones privadas”. Esta afirmación implica que al hablar de asistencia hemos de entender un derecho social destinado a la TOTALIDAD de la ciudadanía que propende a la satisfacción de algunas necesidades en materia de salud, vivienda, educación, alimentación, entre otras. Y lo más importante, es un derecho CONSAGRADO y GARANTIZADO en la CONSTITUCIÓN NACIONAL.

Pero el asistencialismo mis amigos, eso es otra cosa. El asistencialismo, y para definirlo resulta suficiente observar la realidad y sin ni siquiera demasiado detalle ni con la agudeza visual del halcón, es la dependencia obsecuente y disciplinada del individuo hacia el sustentáculo que el gobierno de turno le ofrece, a cambio de servirle en la bandeja del sufragio el poder.

El asistencialismo, en suma, no es otra cosa que la restricción deliberada del compromiso moral y cívico y la muerte putrefacta del impulso con el que se amplían las potencialidades inherentes al ser humano. Antes que buscar explicaciones donde no las hay, porque ya ni siquiera sirve el concepto de estado de bienestar para intentar argumentar la fatalidad de tener que acudir al asistencialismo, lo que se debe hacer es anatemizar esa figura y maldecirla.

Ya eso lo había dejado claro el maestro Jorge Luis cuando trató de alertarnos sobre el monstruoso peronismo, sus bases y sus propósitos. El asistencialismo, entonces, es el precio que paga el ignorante subyugado por su dependencia de criterio, por su condición de víctima a quien se le han censurado sus ideas y su consecuente empobrecimiento material, cultural y espiritual.

Todo ello promovido por regímenes políticos cuyo único propósito es el PODER UNITARIO y el ENRIQUECIMIENTO ILÍCITO y PERSONAL. A diferencia del indignado que se siente apremiado por la eventual pérdida de su trabajo, por el desplome de su poder adquisitivo, por el derrumbamiento de su calidad de vida, por el miedo que acarrea la inseguridad, por la educación constreñida, por la salud rodando por la pendiente del nunca más, por la justicia ciega y sorda y, por la convivencia obligada – democrática con una clase dirigente que no solo NO contempla sus necesidades sino que se esfuerza por aniquilar su futuro, el asistido por el ASISTENCIALISMO no tiene esas preocupaciones.

Quienes integran ese plexo de sometidos solo se impacienta –tristemente- porque llegue el socorro virtual y la ilusionista contribución gubernamental. En fin, la incapacidad de reflexión a la que los han arrastrado largos y decadentes años de esclavitud asistencialista, los subordina a no defender su dignidad humana y su libertad de elección.

Este doloroso y nefasto fenómeno social cobró fuerza cuando los miserables dirigentes políticos se dieron cuenta que era una herramienta eficaz para incrementar el número de votos (cosa que no logra la asistencia). Y si no…pregúntenle a la exitosa abogada y al profesor de derecho que afirma la “decrepitud” de las sentencias judiciales (¿). Viene de antes, obviamente, pero no nos alejemos de la oscurantista realidad.

La pandemia puso en evidencia que el remedio elegido y PREFERIDO, una y otra vez, por el régimen kirchneroalbertista para mantenerse en el poder y GARANTIZAR su impunidad es, no solo aprovecharse del miedo como instrumento de control, sino insistir con el asistencialismo para los sectores más frágiles de la sociedad. Un modo bestial y cretino de consolidar así la panacea que ni cura el hambre y mucho menos alivia la ignorancia; una especie de colorete político dirigido a generar mayor frustración en el resto de la población que –enhorabuena- tiene toallitas demaquillantes para limpiar ese filtro de la realidad.

En una sociedad donde el ciudadano de a pie no puede continuar soportando ser el target de culpas ajenas ni responsable de la gestación y puesta en marcha de proyectos gubernamentales dictatoriales, la miseria y la incultura son una manifiesta expresión del fracaso de políticas artificiosas dentro de las que está incluido el asistencialismo.

El recordado economista Tomás Bulat (2015, “Estamos como somos. Por qué los argentinos no tenemos el país que queremos”) ya nos advertía (y como a todos los que nos friegan sobre nuestras narices las verdades más crudas, no lo escuchamos) que “el combate de la pobreza debe ser una acción, no un discurso”.

Creo no hace falta agregar más en ese sentido. Tan lamentable como real es la degradación a nivel de deshecho humano del pobre y del ignorante (sin pretender estigmatizarlo, pero es la condena que le ha sido impuesta desde el seno de la política más funesta) como producto de la decisión y voluntad manipuladora de gobernantes obscenos y viciosos de poder. Administradores de un país que sacan fructíferos beneficios individuales de la pobreza entendida, no como la carencia de elementos básicos de supervivencia, sino como la imposibilidad de alcanzar un nivel de vida digno.

Dentro de esos beneficios está el poder que solo brinda el sufragio ¿Acaso alguien puede desviar la vista al costado de la ruta y negar las caravanas de infelices que son llevados a votar como vacas al matadero? Eso es necesidad y no una auténtica voluntad de elección. Al pobre y bruto no le queda otra vía de escape que asistir a quien lo asiste. Volvamos al eje coyuntural de la pandemia en la era K-A.

Como dijimos oportunamente, se vienen asomando las elecciones de medio tiempo, pero no por ello con importancia disminuida; de allí que nada mejor que volver a echar mano a las abusivas restricciones. Ergo, otra vez los tiranos acuden a la herramienta que crea nuevos y más pobres e ignorantes, y que genera un mayor número de desplazados que, en algún momento, se verán obligados a solicitar el desgarrador auxilio de papá Estado: el asistencialismo.

Albert Einstein (Premio Nobel de Física en 1921) supo señalar que “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Pero los K-A saben bien que, sin ese asistencialismo forzado, no ganan ni a las bolitas ni van a conseguir la figurita difícil del álbum. Por tanto, avanzan a paso firme con lo malo conocido.En un escenario donde los problemas son exorbitantemente profundos, ceder las soluciones que marcarán el porvenir de los argentinos a la nigromancia del presidente I y de la presidente II es, lisa y llanamente, suicida.

Tan sacrificado y letal como seguir jugando al asistencialista. Con una marcada agenda electoral y con un único objetivo —o somos tan tontos como para creer que es prioritaria la salud y la vida de las personas (si así fuera, no se hubieran afanado las vacunas, dentro de tantos otros ejemplos que podría citar)— Albert y Kris vuelven a apostar a la ruleta rusa del asistencialismo del pobre y del ignorante, porque saben que es la única herramienta con la que disponen para ganar la elección que les asegure la impunidad.

No seamos miopes ni crédulos ¡No pretenden salvarnos a nosotros! ¡Se quieren salvar ellos del iceberg de la justicia!Así que, por una vez, y aunque sea doloroso, votemos usando la cabeza y no las tripas revueltas por la necesidad y el hambre. Si, ya se lo que van a pensar, no es fácil vivir carente e insatisfecho (lo sé y lo reconozco porque fue mi argumento simplón y escapista en otros tiempos). Pero un país, —menos un estado de derecho—, no se construye a las apuradas, ni basado en mentiras, ni con más pobres e ignorantes encadenados a la perpetuidad del asistencialismo.

Un país serio y que tienda al progreso se edifica con bases sólidas y siempre mirando al futuro. El pensamiento y acción a largo plazo no es solo un concepto abstracto, es el secreto de cualquier nación engrandecida y de ciudadanos reflexivos. Ellos tienen cartas pero los ases los poseemos nosotros. Aprovechémoslos porque tienen fuerza de ley y cuentan con ser cosa juzgada que nos garantice el porvenir: con uno abrámosle los ojos a la ignorancia y con el otro sufraguemos añorando la igualdad y la tranquilidad que TODOS merecemos.

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