Presidente Alberto Jekyll Fernández y Señora Cristina Hyde Fernández

Por Virginia Canal

“El extraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde” es una novela publicada en 1886 y pertenece a al escritor británico Robert Luis Stevenson. Este clásico de la literatura combina terror e intriga con cierta ecuanimidad y, al mismo tiempo, estimula la reflexión sobre la dualidad que puede darse en el ser humano.

El Dr. Henry Jekyll es un científico prestigioso que siempre ha llevado una vida ejemplar dentro de la comunidad; sin embargo, desde su juventud, mantuvo una doble vida. Él no puede dominar su afinidad por placeres ignominiosos y pecaminosos a los que condena como vicios propios de esa sociedad burguesa de la que es parte.

Cuando entiende la dualidad que vive en él, se obstina y se propone separar ambas facetas. A tal efecto comienza a llevar a cabo una serie de experimentos en su laboratorio cuyo propósito es dividir en dos su propia persona: la buena de la mala, el ángel del demonio.

Una vez que Jekyll toma la pócima que creó, se convierte en Mr. Edward Hyde y se libera dando rienda suelta a sus deseos reprimidos. El tiempo transcurre y Mr Hyde se va volviendo cada vez más ingobernable, más sedicioso e intratable. Jekyll decide dejar de beber la poción, sin embargo la mutación no cesa y Mr Hyde gana la batalla.

Jekyll y Hyde nos muestran una relación cruzada y peligrosa desde el fondo, más por el contenido que por las formas. Un vínculo donde debate la dualidad humana del bien y el mal, la probidad y el vicio, la misericordia y la crueldad. En definitiva, se exponen todos aquellos opuestos complementarios que, reunidos, configuran la personalidad de un individuo.

En Argentina, 135 años después, también tenemos nuestra versión criolla de la historia y una adaptación de los personajes a la tierra populista contemporánea. La diferencia radica en que los protagonistas ya están separados físicamente sin necesidad de acudir para su escisión a pócima alguna: a uno se lo distingue por los mostacholes fachosos, y a la otra por el cabello teñido con una mixtura de remolacha con zanahoria fermentada (ambos bien alejados del stylish europeo e, incluso, hasta del look de la selva).

Psicológicamente también tienen sus desavenencias: uno es facineroso, insensato, basurero de ideas ajenas y confundido al punto tal que le da lo mismo la bazofia que canta Lito Nebbia con la majestuosidad de la pluma de Octavio Paz (¿se va entendiendo por qué Argentina tiene rumbo incierto?).

La otra es inescrupulosa, estratega, la reina de la evitación y la gestante de algunos tiquismiquis, según la necesidad y conveniencia del momento (ahora la llama “libertad”). Va de suyo que nuestro Jekyll no es tan bueno, ni inteligente, ni pudoroso, ni oprimido. Además, ante la sociedad, Alberto Jekyll Fernández ya no es el célebre Jefe de Estado que merezca ser respetado como tal ante la pérdida de su autoridad moral; bien lo viene demostrando con sus últimas declaraciones racistas y a través de sus jocosos actos fallidos donde nos envía a “contagiar”.

Pero el problema mayor que aqueja al Dr. tiene nombre y apellido: la Señora Cristina Hyde Fernández. Nuestra bizarra, inhumana y feroz Hyde ha aturdido a Jekyll de forma tal, como aconteció en la reputada novela de Stevenson, que éste terminó perdiendo la partida, quedando convertido en el testimonio de lo que alguna vez intentó —o disimuló— ser.

Aunque…ya era un juego ganado ab initio por la mano invisible de la maldad. Por eso aprovechemos la última chance que nos queda para evitar seguir viviendo en la dualidad adulterada que proponen nuestros Jekyll y Hyde (sobre todo esta última, que es la auténtica semi pensante). Votemos bien. Y para ello prestémosle atención a la frase de Stevenson en su novela cuando advierte que: “El paso que había dado era, pues, decididamente a favor de lo peor que había en mí.”

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