Previously en el kirchnerismo

Para comprender mejor el mecanismo que utiliza la militancia para justificar disparates, no alcanza con analizar el episodio de Hotesur sino que hay que mirar la serie completa.

Cada vez que el kirchnerismo produce algún episodio de esos que indignan a grandes y chicos, suele aparecer algún amigo militante de la causa nacional y popular que decide levantar bandera blanca y exclamar “este fue mi límite”. No abundan pero hay.

El último hit producido por el kirchnerismo que puso a la militancia al borde del límite fue el sobreseimiento de un grupo de próceres que no tenían forma de justificar, habiendo sido funcionarios públicos durante décadas, cómo lograron comprarse propiedades por millones de dólares que luego se las alquilaban a sus amigos que a su vez eran contratistas del Estado.

Por suerte aparecieron un par de jueces amigos de la casa y los liberaron del incordio de tener que andar explicando semejante malentendido. La gavilla completa fue sobreseída sin siquiera iniciar el juicio y chau, a otra cosa mariposa. Por supuesto, no faltó algún kirchnerista que sintió que su moral tocaba fondo y exclamó “basta, este fue mi límite”.

Sin embargo, la historia demuestra que a los kirchneristas se les corre el límite muy rápido. No pasa más de un mes en que el desgarro ético afloja, hacen un poco de rehabilitación y vuelven a la cancha a justificar cualquier cosa para la liberación como si acá no hubiera pasado nada.

En el caso puntual de la movida hotelera, no se conoce ningún kirchnerista en su sano juicio que no reconozca en privado que el asunto de las propiedades, los hoteles, los alquileres y la guita fue un curro tan indisimulable como torpe. Sin embargo, casi como un mecanismo de defensa ante el espanto, brotan inmediatamente dos argumentos que mantienen a la militancia en pie y listos para seguir combatiendo a los Leuco. Amigo lector, pruebe charlarlo con su kirchnerista de cabecera y va a ver que no falla. Veamos.

Argumento N°1 para justificar Hotesur: “Para combatir a los poderes concentrados hacía falta dinero, por eso los Kirchner tuvieron que buscar algún mecanismo de acumulación”. Aclaremos que acá se suele usar la palabra “acumulación” para evitarle a la militancia el disgusto de usar la palabra “choreo”. El hecho de que ese mecanismo de acumulación haya sido un poquito ilegal es lo de menos, lo importante es sostener el proceso revolucionario encabezado por el matrimonio menemista más famoso de Santa Cruz.

El punto débil de este argumento N°1 es que la guita de los Kirchner nunca fue para combatir a los poderes concentrados básicamente porque, a esta altura, los poderes concentrados son ellos mismos. Y de última, si nos vamos a tragar el cuento de que juntaban plata para enfrentarlos, a juzgar por lo que ha pasado en los últimos 18 años, evidentemente se quedaron cortos con el choreo porque los poderes concentrados les siguen rompiendo el upite.

El argumento N° 2 que se utiliza para justificar la hotelería kirchnerista es mucho más básico: “Todos roban”. O su variante más específica: “Macri también robó”.

Este argumento se sustenta en la genial invención kirchnerista de que todos los ricos tienen guita porque se la robaron a los pobres. La excepción que confirma esta regla son los Kirchner cuyos hoteles, pisos en Puerto Madero y millones de dólares en cajas de seguridad no son el fruto del robo a los pobres sino de alguna otra razón que no vale la pena discutirla justo ahora que estamos ampliando derechos. Después, cuando termine la revolución, vemos.

Para comprender mejor este mecanismo de justificación que a veces colapsa con el famoso “este fue mi límite”, no alcanza con analizar el episodio de Hotesur sino que hay que mirar la serie completa. Previously en el kirchnerismo.

La cosa ya venía cargadita desde el capítulo anterior cuando nos enteramos de que Cristina se hizo fijar por la ANSES una jubilación superior a 2 palos mensuales y 100 palos de retroactivo. La militancia aceptó mayoritariamente esta sorpresita con la excusa de que no sería lógico que una líder revolucionaria de semejante dimensión histórica y mundial tenga que subsistir con la misma jubilación paupérrima que cobran aquellos a quienes su propio gobierno estafa. Así fue que el asunto pasó.

Más duro había sido el capítulo anterior cuando todos descubrimos que el “presidente” hacía fiestitas de cumpleaños en Olivos en plena cuarentena mientras amenazaba a todo el país con el dedito en alto. La coartada que usó la militancia para resistirlo fue que la protagonista del escándalo no era Cristina sino el muchacho ese que alguien puso en la boleta.

El mismo razonamiento intentaron usar para tragarse el sapo del plan de vacunación pero en este caso no resultó tan efectivo. Amigos kirchneristas que perdieron familiares por el manejo demencial en la compra de las vacunas dijeron “este fue mi límite”. A eso se sumaron las vacunas de canuto que se aplicaron Zannini, Verbitsky y otros esenciales para la liberación y que hicieron aún más dificil la digestión de los batracios.

Sin embargo, varios de esos amigos kirchneristas lograron correr el límite y hoy siguen tolerando cualquier cosa. Otros mantienen firmes sus límites porque ya venían muy atragantados de capítulos anteriores y, ante la barbarie oficial de negarse a comprar vacunas americanas con su consiguiente pérdida en vidas, tiraron definitivamente la toalla.

La historia es larga. Son muchos capítulos y muchas temporadas. De hecho, miles de militantes ya habían quedado en el camino abrumados por otros episodios dramáticos de la serie como el capítulo de la candidatura de Alberto, luego de que el actual “presidente” los denunciara durante años. O el de los cuadernos de Centeno o el capítulo de los bolsos de López o la temporada aquella en que los mandaron a votar por Scioli después de que Cristina los mandara a putearlo durante años. Ese episodio vino a continuación de la temporada en la que arrancaron acusando a Bergoglio de ser cómplice de la dictadura y terminaron peregrinando de rodillas ante Francisco. Ahí ganaron el primer Emmy.

Ni hablar de la cantidad de kirchneristas que dijeron “este es mi límite” cuando apareció muerto el fiscal Nisman, justo un día antes de ir al Congreso a explicar lo que él y Alberto Fernández denominaron el plan presidencial de encubrimiento.

Y si seguimos para atrás en las temporadas anteriores tenemos los capítulos de Boudou, y antes de eso la tragedia de Once con Jaime, Schiavi y De Vido, y así sucesivamente hasta llegar al inicio de esta original serie que lleva 18 años ininterrumpidos de éxito.

Usted se preguntará amigo lector: ¿y del lado de Juntos por el Cambio no hay quienes gritan “este es mi límite”? Claro que si. La diferencia es que ahí está permitido. Ejemplo, cada vez que el Gato hace una macana todos gritan “¡sos un inútil!” y no pasa nada. Es territorio occidental y se permite disentir. No hay verticalismo revolucionario. No hay obediencia militar. Allá te dejan pensar. ¿O acaso no se le dijo de entrada a Macri que no le debía alquilar su casa al jefe de la SIDE? ¿O no lo siguen puteando por transformar el ministerio de salud en secretaría? Lo que está bien se elogia y lo que está mal, militátela solo Gato.

En cambio en el kirchnerismo tenés que comprar el combo completo, con Maduro, José López, Boudou y las vacunas de Zannini, todo incluido. Es todo o nada. Eso provoca que en algún momento el sufrido militante no aguante más y suelte amarras al grito de “¡Este fue mi límite!”.

Igual, todavía queda mucha militancia por decepcionar. Se acerca fin de año y ya anuncian la décimanovena temporada con nuevos y mejores desatinos. The Kirchner, new season. Coming soon.

Alejandro Borensztein – www.clarin.com

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