La lenta agonía de la intrascendencia

Por Fernando Shina

Podriamos preguntarnos, simulando incredulidad, qué nos pasa que caímos en semejante estado de miseria y desolación. Sin embargo, yo prefiero asumir una mirada menos ingenua y aceptar que hicimos todo lo posible para estar como estamos. Veamos una breve reseña de nuestra historia más reciente para entender cómo llegamos a estar tan arruinados.

Sin mucho asombro vimos como el cínico, desgraciado e infeliz Alberto Fernández se pasó diez años denostando a la delincuente, ladrona corrupta y traidora de Cristina Fernández para luego terminar asociándose con ella y ganar las elecciones libres. Es decir: votamos a esta dupla infame. Con igual indiferencia, vimos como el repugnante Sergio Tomás Massa prometía encarcelar a los ñoquis de la Cámpora y terminó siendo la alfombra donde ellos se limpiaron la mierda pegada en sus zapatos.

También vimos, sin indignarnos demasiado, como el cerdo de Ginés García se afanaba, para otros peronistas mugrientos, las vacunas que no le pudimos dar a nuestros viejos y enfermos. Luego también lo vimos ponerse en pedo en Europa mientras 120 mil argentinos alimentan gusanos bajo tierra. Vimos, calladitos, cómo encerraban a nuestros hijos mientras los asquerosos miembros de la casta política festejaban el cumpleaños de una señora advenediza.

Vimos demasiadas cosas en silencio, como si estuviéramos avergonzados de reconocer lo que estábamos viendo. Para colmo, del otro lado de ese inmenso pantano de mierda en que se ha convertido la República Argentina, también vimos muchas cosas que dan náuseas. Vimos, por ejemplo, cómo la charlatana de Lilita Carrió (nuestra propia abogada exitosa), que prometía «ponerle» el cuerpo a la República, terminó poniéndoselo a su patética colección de ropa. Jamás olvidemos que esta lenguaraz adicta a los medios apoyó la designación de Rafecas como Procurador General de la Nación.

En estado de absoluta perplejidad, también vimos como María Eugenia Vidal, tras asegurar que era una simple y orgullosa ama de casa del «africanizado» conurbano bonaerense, se compraba un flor de departamento en el barrio más caro y exclusivo de la ultrajada Buenos Aires. Finalmente, no debemos olvidar que vimos al siniestro Rodríguez Larreta sacándose fotos, durante siete meses, con el inmundo genocida que no permitió la pronta llegada de las vacunas norteamericanas.

En sumario; hace años que vemos, en inaudito silencio, como nuestros sepultureros nos tapan de estiércol hasta enterrarnos todavía estando vivos. El reconocido neurocientifico Dean Burnett (1990, UK, Cardiff University), en uno de sus libros (El cerebro feliz, Buenos Aires, Paidos, 2018) desarrolla un interesante concepto que describe el lamentable estado en el que nos encontramos.

Burnett se refiere a la «vaga sensación de intrascendencia»; ese penoso estado de la conciencia que permite ver como de a poco perdemos todo sin que podamos hacer nada para evitarlo. Los argentinos, al menos una buena parte, nos sentimos intrascendentes porque, ya en agonía y postrados, contemplamos el atroz espectáculo que brindan el gobierno y la oposición: están asesinando a la República Argentina delante nuestro. Es necesario ponerle fin a este gobierno para evitar caer en un Estado totalitario del que ya no será posible regresar.

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