Carta abierta a mi presidenta eterna

Por Virginia Canal

Querida Cristina: Me arrepiento de las críticas y blasfemias que has recibido de mi parte. He sido injusta contigo y no he sabido reconocer tu esfuerzo patriótico. Por eso, dejo toda náusea de lado y te confieso abiertamente mi amor y lealtad en esta misiva. Mi amada Cristina, el amor que siento por ti es tan grande como el patrimonio que has forjado al ser una exitosa abogada. Y es un amor que va in crescendo como el dólar blue, la inflación, tus procesamientos y embargos.

Mi querida Cristina, esa mirada hostil e inhumana, esa mueca resentida en tus labios, el rigor mortis en tu nariz más la acritud de tu frente, confluyen en una obra de arte propia de una arquitecta egipcia. Claro que, además de buen mármol y un cincel dentado, para mantener ese estado fermentado te ayuda el beber 10 vasos de H2 CERO diarios y no padecer diabetes, la enfermedad de los ricos. Todo un mérito del que tiene más de un billetito de cinco dólares para regalarle al nieto.

Mi guerrera popular Cristina, sigue irradiando haces de luz con tus aros, collares, pulseras y anillos sobre nosotros, tu pueblo escuálido, así como relucían los brillantes del entrañable colega Norberto (in memoriam) y las diamantadas cadenas nacionales. Sí, luz, mucha luz y nada de oscuridad; ya lo dijo el otro colega con el que pegás onda, don Eugenio.

Mi chica súper poderosa Cristina, mantente fuerte y esquiva toda opresión. Sé un ave de rapiña y vuela libre como Josecito, Amado, Julito, Luisito “Amor”, Cristobalito, entre otros pajarillos bienaventurados. Si es necesario, despedaza con tus garras el cuero de aquellos que pretendan enjaularte y hazte con él una linda imitación nacional de una Alma BB de LV o una Birkin de Hermes.

Mi emperatriz Cristina, deseo que nos distanciemos de la letra chica del acuerdo con el FMI. Es un anhelo afanoso que tus súbditos tenemos y nadie podrá ponerle cepo como a la carne, al dólar, y a las importaciones. Mi princesa Leia Organa criolla, tú que conoces de expropiaciones interestelares, exprópianos hasta el último céntimo junto a los demás derechos y libertades. No somos nada sin tu protección y fallamos en nuestras elecciones; fallamos como los trenes bala que prometiste y los trenes de Once. La pifiamos tanto que ni aprendimos a bailar tan bien como tú lo haces sobre los muertos.

Sin ti, idolatrada Cristina ¿Qué sería de nosotros? Viviríamos inseguros y con miedo, como los que deben trasladarse por las calles de la provincia de Buenos Aires y el conurbano. Cristina, la presidenta más solidaria, amorosa y complaciente de la historia Argentina. Tantos pobres has acogido y defendido que, por ese cariño profundo, los quintuplicaste. Soberana mía Cristina, solo a ti hemos de temer. Y si alguien se atreve a ir contra tu régimen, seremos implacables y virulentos como Hebe y Milagro.

También protegeremos tu honor como Susana y Andrea resguardan ferozmente los fondos recibidos por vuestro gobierno. Y si es necesario, llenaremos la cancha de River como nos enseñó Juan; además, llevaremos carteles pintados a mano por Roberto y cortaremos el tránsito para una circulación más efectiva con la ayuda de Huguito. Su Majestad Cristina, solo por ti: ato todo con alambre, aplaudo, escondo bolsas y bolsos, recibo valijas, y despacho valijeros, me vuelvo alguien Maduro y uso la remera del Che, controlo quiénes se “Irán”, conecto PlayStation, soy protagonista de algún film, limpio oficinas hasta que queden las paredes rosaditas y cuento a mano el dinero que ingrese al erario.

Reina madre, mi presidenta eterna Cristina, la Constitución no es obstáculo para impedir tu eternidad como cabeza de Poder Ejecutivo oscuro. Si hay que demolerla y enterrarla para que seas reelegida indefinidamente como nuestra líder, lo haremos por ti, sabemos que es tu mayor deseo, algo que será acompañado con el derrocamiento de los miembros de la CSJN. Además, ni la AFIP, ni el INDEC, ni el INADI nos acusarán por acompañarte a cumplir tu capricho destructivo.

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