Nicolae y Elena Ceaucescu, la ejecución navideña del ‘conducator’ y de su odiada mujer

Mientras el joven paracaidista Dorin Carlan conducía al jefe del Estado hacia el paredón de fusilamiento, éste se giró y le miró por un instante con lágrimas en los ojos. En efecto, Ceaucescu había sido durante 23 años padre y guía de todos los rumanos. El país le adoró y él acabó confundiéndose con el personaje. Aquel día de Navidad de 1989, tras ser traicionado, iba a ser ajusticiado junto a su mujer en un cuartel.

Nicolae Ceaucescu había nacido 71 años antes en la aldea de Scorniceti. Hijo, junto a nueve hermanos, de campesinos pobres, se trasladó muy joven a la capital, Bucarest. Allí se afilió al Partido Comunista Rumano, lo que le llevó a prisión hacia 1943. Compartió celda con Gheorghiu-Dej, su protector y futuro jefe del Estado tras la Segunda Guerra Mundial. En su progresiva ascensión, Ceaucescu llegó en 1965 a primer secretario del PCR. En ese puesto eliminó a los viejos camaradas que podían hacerle sombra y en 1967 era jefe del Estado y del Partido, máximo dirigente de un régimen socialista díscolo.

Como Conducator (caudillo) se opuso con vehemencia a la invasión soviética de Checoslovaquia (1968), desobedeciendo además los planes económicos que Moscú había trazado para Rumanía. Los rusos pretendían convertir el país en mero proveedor agrícola del bloque comunista. Pero Ceaucescu impulsó, a través de créditos con países occidentales, una profunda industrialización bajo la idea de alcanzar la autosuficiencia energética.

El caso rumano renovó en Europa la ortodoxia y la estética estalinistas, la exacerbada adoración del líder. Un viaje de tres semanas a China y Corea del Norte, en junio de 1971, actuó como elemento clave para el desarrollo del desmedido culto a la personalidad de Nicolae y, también, de su esposa.

Ceaucescu se había casado con Elena, una mujer de origen humilde, inculta, después de la guerra. Tras el ascenso a presidente de su marido, a ella le fue concedido un sospechoso doctorado y, posteriormente, el cargo de directora del Instituto Químico de Bucarest (había trabajado de joven en un pequeño laboratorio, después de abandonar la escuela a los 14 años). En 1974 era nombrada miembro de la Academia Rumana, máximo título para un científico en el país. Su extraordinaria escalada curricular incluyó títulos de universidades extranjeras como Moscú, Teherán o Buenos Aires; Oxford y Cambridge se resistieron, a pesar de las presiones diplomáticas rumanas. En política, su ascenso fue también meteórico: ya en 1980 era viceprimera ministra.

El citado viaje por el lejano Oriente ofreció las claves ideológicas y estéticas de lo que debía ser la Rumanía del «hombre nuevo», autosuficiente, nacionalista y guiada por el conducator. Una revolución cultural importada tras lo observado en la China de Mao y en la Corea de Kim. El periplo comenzó en la plaza Tiananmen (Pekín) para continuar en la de Ianmotdong, en Pyongyang, donde el matrimonio Ceaucescu fue agasajado de manera imponente. Una bacanal política que asombró al líder rumano con su extravagancia: en Pekín, 4.000 jóvenes lanzaron globos al cielo, mientras más de 10.000 artistas danzaban entonando canciones revolucionarias chinas y rumanas. Los fastos prosiguieron en la península de Corea; un recibimiento de 1.000 jóvenes ataviados con trajes nacionales rumanos y los conocidos murales humanos con lemas en las lenguas de ambos países.

Ceacescu con su amigo Perón… esas casualidades de la vida

Esta experiencia se tradujo en las «tesis de julio», programa para establecer la revolución cultural, el culto a la personalidad del matrimonio. Una sacralización abonada por las deficiencias intelectuales del líder y por la implantación de un autoritarismo neoestalinista, en que la Policía secreta ejercía de sombra omnipresente. Para tamaña operación ideológica, la colaboración de los intelectuales resultó primordial. Cada cumpleaños del líder («un día de púrpura y oro», clamaba la propaganda) se convertía en fiesta nacional: profusión de actos públicos, poemas ditirámbicos, desfiles…

La imagen de Ceaucescu era la de un semidiós: «Eres la conciencia vigilante que da luz/El Partido, Ceaucescu, Rumanía/es todo lo que tenemos cerca de nuestros corazones», recitó un poeta. Sin embargo, después de tantos excesos propagandísticos, llegó en 1983 la saturación, un punto en que las fiestas tenían ya algo de paródico.

COMIENZA LA REBELIÓN
La revolución cultural rumana, seguramente más vistosa que real, se alargó durante los 80. La demolición de todo un viejo y romántico barrio en Bucarest para construir el edificio más grande del mundo (que debía alojar las altas instituciones del Estado), culminaba el sueño megalómano de Ceaucescu. Los detalles son trágicos, las excavadoras actuaban con total impunidad, hubo enormes realojos forzosos de población (algunas familias, al volver de vacaciones, encontraban un solar donde había estado su domicilio). El Palacio del Pueblo debía culminar y recordar para siempre el mandato del conducator. Pero en el país las cosas no iban bien. En 1977 se produjo una feroz huelga de mineros, que mantuvieron secuestrado al ministro del ramo durante dos días. Y 10 años más tarde, una violenta revuelta en Brasov (que fue incluso sitiada por el Ejército hasta el aplastamiento de los rebeldes) indica la existencia de una oposición clandestina al régimen.

La distorsión entre la vida cotidiana de los rumanos y la del matrimonio era incluso mayor de lo que se podía percibir. Los Ceaucescu vivían como aquellos gobernantes teocráticos, rodeados de lujo, embebidos por las constantes loas y homenajes populares, cada vez más aislados de la realidad. Se decía que el conducator estrenaba cada día ropa por temor a ser envenenado. En su viaje oficial a España (1979), un catador le acompañó en cada ágape.

Circulaban también escabrosos comentarios sobre Elena, temida y aborrecida. Algunos testimonios cuentan sus manías de nueva rica, su hostilidad, por ejemplo, a cualquier mujer de mandatario rumano que vistiera mejor. La residencia oficial de Bucarest, que hoy puede visitarse como un museo, es un caso de portentoso kitsch, baños dorados y pretensiones versallescas.

A finales de los 80, las contradicciones de la economía rumana se hicieron evidentes. La apuesta por la independencia económica estranguló el entramado industrial y productivo del país. Además, por el déficit en su balanza comercial, Rumanía pidió un préstamo al FMI que las autoridades decidieron devolver rápidamente. Eso derivó en el racionamiento de productos de primera necesidad y cortes de gas y electricidad. La nueva foto de Rumanía reflejaba las penurias: calles sin alumbrado nocturno, restaurantes en que no había más que caldo y huevos, locales con una sola bombilla de 40 vatios, niños pidiendo…

La caída del conducator, 30 años después, sigue abordándose de forma errónea, atendiendo a lo que los medios de comunicación occidentales transmitieron en su momento, según las investigaciones del historiador Francisco Veiga, que revocan la interpretación todavía vigente. Todo comenzó en Timisoara, una ciudad de provincias, en diciembre de 1989. Allí, los estudiantes salieron a las calles a protestar y sufrieron la represión del Ejército durante seis días, mientras el resto del país permanecía tranquilo. Como respuesta a tal desafío, Ceaucescu convocó un gran acto. Los asistentes fueron reclutados entre los acólitos, como al uso. En medio del discurso, un reducido grupo de alborotadores infiltrado protestó y un segundo, en otro extremo de la plaza, hizo explosionar un petardo. En ese instante, la multitud recordó los sucesos de Timisoara y cundió el nerviosismo. Fue cuando el dictador y su esposa, Elena, hicieron gestos con las manos para tranquilizar al público. La televisión interrumpió durante tres minutos su retransmisión. Entonces, muchos ciudadanos de Bucarest que veían el programa salieron a la calle para saber qué pasaba. La televisión volvió a conectar y Ceaucescu pudo acabar su discurso, sin más altercados.

El momento del fusilamiento…

Los medios occidentales manipularon esos vídeos para contar una historia diferente, sin duda más espectacular y conforme a sus intereses: el matrimonio escapó del acto ante la contestación del pueblo, cosa que no sucedió. Por la noche, en un clima de paranoia y traiciones, el Ejército disparó a la población en las calles y desencadenó, entonces sí, tanto el suicidio del ministro de Defensa como la huida en helicóptero de los Ceaucescu hacia una zona segura, donde, cuatro días después, serían ajusticiados.

El 25 de diciembre de 1989, mientras el viejo dictador entonaba La internacional, una ráfaga de ametralladora segó su vida y la de Elena. Se daba así fin, mediante una trama aún oscura, a una historia política de amor y odio: aquel faro luminoso, aquel Danubio del pensamiento yacía ahora en el suelo, acribillado. Los ecos de una época no tan lejana y también determinados usos como la extendida corrupción, siguen reverberando en Rumanía.

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