Petardo de mecha corta se prende con desobediencia civil.

Por Virginia Canal

Estamos saturados del peronismo y hartos de su satélite más tenebroso: el kirchnerismo. Entiéndase por kirchnerismo el movimiento político recalcitrante y equivalente a actos de corrupción, a la degradación humana y al prurito por desvanecer una realidad consolidada. El aciago presente me obliga a cuestionarme y a interpelarlos sobre los sacrificios y las acciones que estamos dispuestos a llevar adelante para extirpar al cáncer institucional, social, económico y cultural que se diseminó en la Argentina a partir de 1946 y que entró en un estadio agravatorio en 2003 cuando un tal Neshtor acaparó el escenario político, secundado por una larva rojiza cuyas intenciones de cartera no eran menos dañinas que la del bolsillo del caballero.

Ahora bien, la hemorragia digestiva que ha causado en estos años la célula maligna PK19462022 al adherirse a las paredes del tracto territorial argentino, no obstante la amenaza que significa para el país, tiene un lado positivo: es extinguible.¿Se necesita bisturí? No ¿Anestesia? Tampoco. Lo que apremia es que estalle en las entrañas del pueblo el petardo de mecha corta llamado “paciencia” y que se enciende con la desobediencia civil. Seguramente pensarán que no soy original; pues es claro que no, ni pretendo serlo. De hecho, la desobediencia civil es un concepto que ya se observaba en una de las tragedias de Sófocles, “Antígona”.

También se advierte en la sumisión indócil de Sócrates, especialmente cuando expresa: “Atenienses: tened presente que no puedo obrar de otro modo ni aunque se me impongan mil penas de muerte”. Más contemporáneas son las ideas de H.D. Thoreau, promotor del derecho individual al autogobierno y de la desobediencia. No fue sin embargo hasta el siglo XX que este pensamiento cobró relevancia de la mano de Rawls, quien definió a la desobediencia civil como “un acto público, no violento, consciente y político, contrario a la ley, cometido con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno”.

Y luego fue Dworkin el que presentó 3 hipótesis sobre cuál sería el comportamiento del ciudadano antes prohibiciones dudosas que debiera de resolver la justicia: 1. Suponer lo peor y acatar la prohibición. 2. Seguir su propio criterio, actuar como si la prohibición no existiese hasta tanto un tribunal no defina lo contrario. 3. No abandonar su juicio aunque un tribunal haya decidido en contrario. Para él, debe dirimirse entre la segunda y tercera opción como forma de generar una dinámica progresista y liberal y para nada conservadora.

En Argentina, con la lucidez que lo caracterizaba, Carlos Nino presentó su teoría que, si bien no estaba destinada a fomentar la desobediencia civil, buscaba demostrar algunos desvaríos de la férrea lógica positivista. Él sostenía que, ante una ley imposibilitada para autoabastecerse, era razonable, lógico y hasta necesario dotar al individuo de facultades trascendentes para no ser sometido al despotismo. En definitiva, en una sociedad democrática como la nuestra la desobediencia civil no desestabiliza ni disuelve a ningún gobierno; todo lo contrario. Un acto de desobediencia civil ante las acciones de nefastos personajes que supieron violar alegremente las mismas normas que ellos imponían a los demás, no es más que ejercitar el privilegio de incumplir las franquicias y excepciones normativas que tiene el arco político.

Desobediencia civil también válida ante tareas legisferantes que violan principios constitucionales. La desobediencia civil, para que quede claro, no es una mera transgresión ni rebeldía del pueblo. Es solo reclamar e instar al gobierno -y al EGO de la oposición también- para que rectifiquen el camino. Tampoco ser civilmente desobediente es ser violento, guerrillero o instigador de revueltas sociales. Es una simple operación que propende encontrar un matiz pacífico ante flagrantes injusticias que derivan de quienes tienen el deber y la obligación de evitarlas.

¡Y es que es así! La desobediencia civil ante déspotas compensa, equilibra, nivela; interviene activamente para detener situaciones cuyo fin es previsible (los mayorcitos lo sabemos bien).¿Prendemos el petardo? ¿No aguantamos ya suficientes faltas por parte de quienes nos gobiernan de un lado y del otro de las conveniencias? PD: Cuando se traspasan ciertas fronteras naturales, a veces, no hay vuelta atrás. Y no estamos lejos del accidente geográfico que permitirá ese cruce al no retorno. ¡Por la salud del pueblo argentino!

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