Cristina humini lupus

Por Virginia Canal

Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (1754-1838), fue un político francés con capacidades y aptitudes inauditas (la historia se las dejo como tarea porque es demasiado extensa). Una de sus máximas expresaba que: l’homme a reçu la parole pour pouvoir cacher sa pensée [El hombre ha recibido el lenguaje para poder ocultar sus pensamientos].

Traducido ese aforismo al criollo es darle al lobo la tarea de convencer a las ovejas que es su mejor celador y trasladado al argentino es darle a Cristina el poder de manipulación y arreo.

Pero seamos sinceros, mucho más grave que el lobo simule cuidar y asistir al rebaño es que este último no capte la doble intención ¿Por qué se da esa situación? Porque el rebaño tiene una pobrísima capacidad para juzgar, una penosa memoria e, incluso, algunos de sus miembros esconden una sombría conveniencia. De ahí que permanezca firme en su distorsión de los hechos y subsista en sus errores de juicio (y después vote).

Atemoriza observar como este descomunal rebaño se mueve rudimentaria y violentamente confiando solo en la palabra del lupo. Y es que esa congregación a menudo no reflexiona, o lo hace sin siquiera intentar identificar sus sesgos para tratar de corregirlos, pero ¡actúa! ¡Actúa como consecuencia de palabras que no reflejan ninguna realidad!

Y del pensamiento al hecho no solo hay un gran paso, hay un efecto cascada que nos aplasta a todos, no únicamente a ellos en su corral.

¿Una posible solución? Casi utópica: lograr que el lobo se embarque en la persuasión ya no de ovejas, sino de perros atados al cuello por un largo período. Perros que primero serán su mejor amigo y su aliado incondicional pero que un día, habiendo entendido que la libertad prometida era una mentira y que solo vivirían amarrados a una pesada correa, cuando el lobo- amo les pretenda dar la caricia de la pena, le destrocen con una sola mordida boletera los pensamientos virulentos, la palabra embustera y las acciones perversas.

Hay que arrebatarle con urgencia al lobo su presa, tratar de que cese en su manso balar y que muerda finalmente la mano que no le da, sino que le quita.

Recordemos que lo que el engaño confisca es, ni más ni menos, que la dignidad.

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