A 190 años de la ocupación inglesa de Malvinas

Se cumplen 190 de la ocupación británica de Malvinas. Vamos a contar una parte muy poco conocida de ese episodio. Incluye lobos marinos, una viuda cautiva y un crimen que facilitó la ocupación británica. También un epílogo que revela una oportunidad perdida para la Argentina.

En agosto de 1823, el alemán Louis Vernet logró el permiso para colonizar Malvinas y el título de gobernador concedido por el gobernador Juan Manuel de Rosas. Invirtió su fortuna en la empresa y en 1826 fundó el asentamiento de Puerto Soledad, al norte de la actual capital isleña. Vernet se llevó con él a un grupo de familias para colonizar las islas con ganado y cultivos que resultaban fallidos por el clima y el suelo agrestes. Mientras tanto informaba al cónsul británico en Buenos Aires, Woodbine Parisch, sobre el avance de su asentamiento de 50 personas.

Sin embargo el negocio principal era cobrarle permisos a los balleneros y venderles agua, comida y provisiones. También a los peleteros que lucraban con los lobos marinos abundantes en las islas y el aceite de otras especies silvestres del archipiélago. Allí comenzó el problema. Algunos buques explotaban los caladeros de lobos marinos y las pinguineras sin pagarle el tributo a Vernet. En diciembre de 1829 y en agosto de 1839, Vernet le reclamó sin éxito al gobernador Rosas el envío de un buque de guerra y una docena de soldados para frenar la depredación.

En julio de 1831 Vernet ordenó requisar la bodega de la goleta norteamericana Harriet. Ya le había advertido a su capitán, Gilbert Davidson, que pagara tributo o no volviera a las islas. En esta tercera oportunidad, encontró las pieles que probaban semanas de casa furtiva. En las semanas siguientes Vernet decomisó las cargas de los buques norteamericanos Breakwater y Superior por idéntico delito. Davidson y los otros capitanes desconocían la autoridad de Vernet sobre las islas. Finalmente, decidieron someter la disputa a las autoridades porteñas.

Vernet viajó a Buenos Aires junto a Davidson a bordo de la goleta Harriet. Apenas llegó al puerto el 21 de noviembre de 1821, Davidson corrió a pedirle auxilio al cónsul norteamericano George Slacum. Acusaba a Vernet de robo y de no tener credenciales como autoridad en Malvinas. Advertida por Slacum, 8 días mas tarde la fragata norteamericana Lexington al mando del capitán Silas Duncan atracó en Buenos Aires. Era obvio que se dirigía a Malvinas en una incursión de represalia y aun así el gobierno porteño le permitió abastecerse y seguir su camino.

Antes de partir, Duncan pidió que le enviaran a Vernet para juzgarlo. Por supuesto que el alemán no hizo caso, pero sí acudió Davidson y se ofreció para guiar al Lexington a Malvinas con la promesa de que se le permitiera recuperar la carga incautada y algo más como compensación. El 26 de diciembre la fragata Lexington llegó a Puerto Soledad con una insignia francesa en su mástil. Enviaron un bote para invitar al escocés Brisbane, el administrador que dejó Vernet a cargo, a tomar el té. Apenas llegó a bordo, revelaron su bandera verdadera y lo arrestaron.

Media docena de soldados de la guarnición y los colonos de Vernet no pudieron hacer nada ante los cañones y el centenar de marineros de la fragata. El pedido de Vernet a Rosas nunca había sido escuchado. Davidson recuperó sus pieles y saqueó el almacén del puerto. La Lexington se marchó con seis prisioneros engrillados en su bodega y el asentamiento de Puerto Soledad quedó indefenso. Algunos pobladores tuvieron que huir al interior de la isla ante la incursión de barcos que llegaban a depredar enterados de la ausencia de una guarnición.

Es que antes de marcharse, la tripulación del Lexington rompió los pequeños cañones de la gobernación, tomó las armas y quemó la pólvora de su pequeño arsenal. Duncan difundió el falso rumor que Vernet estaba preso en Buenos Aires y logró que algunas familias dejasen las islas. El capitán Davidson volvió luego al mando de la goleta Dash para continuar su negocio peletero y asolar nuevamente a Puerto Soledad. Se topó con la resistencia del francés Jean Simón que había organizado una precaria defensa con los peones de Vernet que quedaban en Malvinas.

Para ese momento la noticia del desastre había llegado a Buenos Aires. Se decidió enviar a José María Pinedo como capitán de la goleta Sarandí de 18 cañones y 80 marineros. Los acompañaba el francés Jean Mestivier como nuevo gobernador militar de Malvinas al mando 25 soldados. La Sarandí llegó a Malvinas el 7 de octubre de 1832. Su arribo puso orden en las islas y terminó con las incursiones de los buques que operaban ilegalmente en sus costas. Pero otra tormenta se cernía sobre la presencia argentina en las islas y no iba a tardar en desatarse…

El 21 de diciembre, mientras el buque vigilaba las costas, el sargento Manuel Sáenz Valiente se sublevó junto a otros cinco soldados. Asesinaron al gobernador Mestivier frente a su esposa, Gertrudis Sánchez, que se encontraba convaleciente por haber dado a luz unos días antes. El jefe de la guarnición, el mayor Juan Antonio Gomila, no hizo nada para detener a los rebeldes. Tampoco los frenó cuando asesinaron al almacenero y a sus esposa al tomar su establecimiento por asalto. Por el contrario, Gomila tomó como botín a la viuda de Mestivier.

El francés Simón volvió a hacerse cargo de la situación y con ayuda de los peones y los marineros de la goleta británica Rapid, lograron detener a Sáenz Valiente y sus cómplices. Pero por tratarse de un oficial, no se atrevieron a arrestar a Gomila y liberar a Gertrudis. Hubo que esperar al regreso del capitán Pinedo para arrestar a Gomila. Recién entonces Gertrudis se animó a relatar su calvario y reveló que el mayor usaba el reloj de su marido para recordarle las horas que llevaba viuda antes de volver a abusarla junto a los otros sublevados.

Puerto Soledad era un desastre. La mitad de su guarnición estaba presa y las defensas destrozadas por el ataque del Lexington y de los buques que llegaron tras su paso. La población estaba aterrada y como su fuese poco, el 2 de enero apareció en la rada otro buque de guerra. El 3 de enero apareció la fragata británica Clío con treinta cañones y 185 marinos a bordo. Su capitán, John Onslow, bajó a tierra para entregarle personalmente una carta a Pinedo en la que lo invitaba a dejar Malvinas con el argumento que se trataba de territorio británico.

Pinedo pidió tiempo para pensarlo. La Sarandí era claramente inferior y le destrucción del año anterior en las islas sumada a la rebelión de Sáenz Valiente habían acabado con sus defensas en tierra. Los refuerzos pedidos a Buenos Aires, mostraban ser ahora imprescindibles. El capitán de la Sarandí hizo un balance. Todos sus oficiales eran británicos o de otras nacionalidades europeas. Aunque le juraron fidelidad a excepción del práctico Brisman que pidió ser destinado a tareas que no implicaran combatir contra sus compatriotas, Pinedo desconfiaba.

Sus 80 marineros eran en su mayoría delincuentes que purgaban condena a bordo. Contaba con 20 soldados, cuatro marineros con entrenamiento militar y dos niños de 10 y 12 años que se ofrecieron como voluntarios. Incluso armando a los reos de Sáenz Valiente, estaba en desventaja. Para ese momento la Clío había recibido el refuerzo de la goleta Rapid que se sumó al ultimátum contra las autoridades argentinas. De haber contado con una fortificación en tierra y soldados suficientes, es posible que Pinedo hubiese decidido pelear antes de aceptar la derrota.

Antes de partir, Pinedo recibió del capitán inglés una caja con la insignia argentina tomada en la gobernación de Puerto Soledad. La acompañaba con una nota lacónica en donde el informaba que se la remitía “por haberse encontrado esa bandera extranjera en territorio de S.M.B”. Sáenz Valiente fue enviado a Buenos Aires a bordo de la Rapid y juzgado por el asesinato de Mestivier. Se le condenó a al amputación de su mano derecha y la posterior ejecución por la espalda. La misma suerte corrieron sus cómplices. Gomila, en cambio, fue degradado y desterrado.

Pinedo fue juzgado por no haber presentado batalla y condenado a 4 meses sin goce de sueldo y la prohibición de comandar barcos argentinos. De todos modos volvió al puesto de capitán en 1845 cuando Buenos Aires enfrentó el bloqueo anglo francés. Pero no es el fin de la historia. El capitán Oslow expulsó a la mayor parte de los pobladores de Malvinas que no eran súbditos británicos. Solo quedaron un puñado de peones criollos para hacer las tareas mas duras. Aquí empieza la parte final del relato. Uno de esos gauchos era Antonio Rivero.

Antes de dejar Malvinas, Onslow dejó a cargo al irlandés William Dickson como representante de la Corona hasta que arribara el nuevo gobernador designado por la Corona. Su tarea era izar la bandera inglesa los domingos y cuando algún buque se acercara a la rada de Soledad. Fue relevado por el ex capataz de Vernet, el escocés Brisbane, que fue liberado de su prisión en Montevideo a instancias del cónsul Parisch. Dickson se hizo cargo del almacén de las islas y el francés Simón de los peones criollos que quedaban en Malvinas. Empezaba el acto final.

Brisbane, Dickson y Simón empezaron a enfrentarse con los peones liderados por Rivero. El costo excesivo de las provisiones en el almacén de Dickson, las amenazas de Brisbane y la prohibición que estableció Simón para que impedirles carnear ganado salvaje, desataron la violencia. El 29 de agosto de 1833, Rivero se sublevó junto a José María Luna, Antonio Brasido, Manuel González, Luciano Flores, Felipe Salazar, Manuel Godoy y un mestizo de apellido Latorre. Acuchillaron a Brisbane, Dickson y Simón y tomaron el control de Puerto Soledad.

Rivero envió varios mensajes a Buenos Aires para que le enviaran tropas, aprovechando la misma situación de indefensión que habían encontrado los británicos casi dos años antes. Rosas estaba ocupado en la lucha contra los indígenas y nadie respondió a sus pedidos de ayuda. En tanto, Rivero obligó a los habitantes británicos a enterar a las autoridades puestas por Onslow y se instaló en la casa del gobernador. Salvo por el cónsul británico, nadie prestó atención a lo que sucedía en las islas y el rosismo dejó que el asunto fuera resuelto por Londres.

El 7 de enero de 1834 llegó a Malvinas la fragata Challenger al mando del capitán Henry Smith. Los pobladores refugiados en el islote Peat regresaron a Puerto Soledad. El nuevo gobernador, ordenó capturar a Rivero y sus hombres, que habían escapado al interior de la isla. El primero en ser capturado fue José María Luna, que corrió a delatar a sus compañeros para obtener indulgencia. El resto se fue rindiendo por el hambre y el frío, salvo Antonio Brasido que fue asesinado por sus compañeros cuando sospecharon que iba a delatarlos como lo hizo Luna.

Quedaba Rivero. Tres meses después, media docena de soldados lo acorralaron en un istmo al sur de Puerto Soledad. Se rindió y fue enviado a Londres para ser juzgado. Viajó a bordo del Beagle, el barco que llevaba Charles Darwin. Es quizás un final perfecto para este relato. La escabrosa y a veces macabra historia que rodeó la toma británica de Malvinas, explica la ausencia de una defensa por parte de quienes en ese momento debieron haber hecho frente a la expedición de la fragata Clío. Fue una novela trágica sumada a un abandono rosista.

Son las pequeñas historias que enhebradas explican la sucesión de circunstancias que unos aprovecharon y otros desperdiciaron. Como la ventana que abrió Rivero y que fue despreciada por los intereses exportadores que ocupaban a la dirigencia porteña en esos días. Esas pequeñas historias desconocidas son parte de la ocupación que desencadenó una guerra en el siglo siguiente, cuando argentinos y británicos volvieron a diputarse las islas por las armas. Pocos conocen el rol de Gertudis, Mestivier, Rivero y el resto de sus personajes.

190 años después, solo se recuerda la llegada de la Clío y la presencia británica en Malvinas, interrumpida fugazmente por los 74 días de guerra. No se recuerdan las oportunidades perdidas ni las historias trágicas que se esconden en los pliegos de la historia de las islas. Parte de esta historia la conté en el primer libro que publiqué, hace mucho, en el año 2006. Se sigue llamando Tierra de Nadie. Todavía me sorprende como las pasiones individuales moldean la historia. Y como algunos pequeños actos siguen ejerciendo su influencia siglos después.

PS: Rivero fue declarado inocente en junio de 1835. La mayor parte de los autores creen que volvió a su Entre Ríos natal y murió en la batalla de Vuelta de Obligado en 1845. De ser así, sería una ironía que hallara su fin acudiendo al llamado de quien tanto lo ignoró en Malvinas

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