Humor Político: Últimos once meses en las nubes

Sobre la epopeya albertista solo cabe disfrutar lo que les queda y a otra cosa mariposa. El verdadero problema es lo que viene después. Ahí pongamos el ojo.

El domingo pasado debe haber sido el feriado más feriado del año. Primero porque fue primero, segundo porque cayó domingo y tercero porque la noche anterior, como suele suceder cada 31 de diciembre, festejamos el fin de un año y el comienzo de otro. Eso incluye morfi, chupi, trasnochada, familia, amigos o lo que cada uno pudo conseguir. A la mañana siguiente, domingo lluvioso en la ciudad, estaban cerrados hasta los pajaritos. El recién llegado 2023 se encontró con todos los argentinos remoloneando y haciendo fiaca. Todos menos uno: Alberto Ángel Fernández.

Incansable vendedor de gestión, ese domingo 1° de enero el “presidente” decidió que la mejor manera de arrancar la mañana, y por ende el año, era publicando un tuit a las 9:52 AM pidiendo el juicio político del presidente de la Corte Suprema de Justicia. No tiene paz. No es cuestión de andar llevando preocupaciones institucionales pero es evidente que este muchacho no está bien.

Obviamente, ese día y a esa hora, el tuit no fue leído por nadie. Ni siquiera por su vocera Gabriela Cerruti quien, en ese momento, estaría metabolizando fluidos, despatarrada, a puro ronquido, como hacemos en esos casos todos los que conformamos las mayorías populares.

Tampoco lo habrá leído Cristina, verdadera destinataria de la iniciativa presidencial contra la Corte, con quien Alberto intenta congraciarse, en vano. Aclaremos que el “presidente” no debe estar de acuerdo en nada de esto que hacen con la Justicia pero es capaz de hacer cualquier cosa con tal de contentar a su Jefa en un estéril esfuerzo por postergar lo más posible su inevitable vuelta a la concesionaria de autos. La cruda realidad indica que, aunque Alberto consiga que los cuatro supremos aparezcan suicidados en sus respectivos baños, Ella lo va a seguir detestando de por vida. El “presidente” debería asumirlo o charlarlo en terapia.

Esta desconexión con la realidad y la incapacidad de parar la motoneta no es exclusiva del “primer mandatario” (los sinónimos también van entre comillas). Algo parecido había demostrado Cristina, unos días antes, cuando decidió presentar su show del pataleo en vivo el martes 27 de diciembre, o sea entre Navidad y Año Nuevo, mientras todos los argentinos andábamos a las corridas tratando de conseguir un pedacito de lechón, un poco de ensalada rusa y un pan dulce. No la escuchó ni el loro.

Para colmo, la excusa del acto fue la inauguración de un polideportivo en Avellaneda al que bautizaron con el nombre de Diego Armando Maradona. Si bien ya es un avance para la democracia que no lo hayan bautizado Polideportivo Néstor Kirchner, es un poco raro que le hayan puesto Maradona justo la misma semana que todos los argentinos (y todos los habitantes del planeta) nos arrodillamos ante la consagración de Messi.

Para la ocasión llevaron al gran Héctor Enrique, campeón del mundo de 1986, seguramente porque, de los flamantes campeones de Qatar, no consiguieron que fuera ni el utilero. Y como los nuevos campeones no le dan ni cinco de pelota, ellos siguen homenajeando a los del 86. Increíble pero es así.

Párrafo al margen: a los del 78 los ignoran porque relacionan a Menotti, Kempes y Passarella con la dictadura lo cual es absolutamente descabellado, pero aplauden y apoyan a la tía Alicia Kirchner que fue funcionaria del Proceso Militar. Así de geniales son.

Volvamos. Mientras todos seguimos reviviendo la final en Qatar, Cristina habló como si estuviéramos todos pendientes de sus mambos personales. Todo un país feliz viendo una y otra vez el penal de Montiel desde todos los ángulos posibles y Ella hablando de jueces. Todo un país emocionado viendo mil veces el llanto de Scaloni cuando termina el partido y Ella hablando de medios. Todo un país enloquecido viendo el desborde de Messi ante el enmascarado croata en el tercer gol de Julián Alvarez, en el registro de cada celular que había en la cancha, y Ella hablando de cualquier otra cosa, sola contra la pared. A esta altura empieza a quedar claro que la Argentina, además de un problema político, tiene un problema médico.

Si todo el empeño y el tiempo que el binomio presidencial dedica a los problemas judiciales estuviera puesto en bajar la inflación, estabilizar la economía, mejorar el empleo, disminuir la pobreza y ponerle onda a la educación ya seríamos Noruega.

Pero la realidad es que toda esta movida es porque los Kirchner compraron hoteles y departamentos por millones de dólares de origen nunca aclarado, se los alquilaron a contratistas del Estado cuando ellos mismos manejaban el Estado, los descubrieron y les cayó la policía. Ahora los juzgaron y, obviamente, los condenaron. ¿Qué querían? ¿Que los felicitaran?

En lugar de hacer tanto quilombo deberían estar contentos de que solo recibieron penas leves, apelables y que la sentencia firme va a salir el día del arquero. Mientras tanto pueden seguir living la vida loca, incluyendo una candidatura presidencial de Cristina. En lugar de eso, allá van todos a hacer bardo al grito de “¡¡la proscriben, la proscriben!!”. Proscripción fue la del General Perón. Estos son simples delitos de corrupción sin sentencia firme que no le impiden presentarse a la elección que se le dé la gana. Si después saca pocos votos es otro problema que no tiene nada que ver con los jueces.

Sin embargo hay que reconocer que en algo Cristina tiene razón: Ella cometió delitos pero no es la única. Conoce de memoria los negocios que hicieron decenas de políticos que la rodean o que la enfrentan. Personajes a quienes, por ahora, no los persigue nadie. En el fondo, esto es lo que le provoca esa chinche infinita que tan bien expresa en sus actuaciones.

Por eso los kirchneristas, en lugar de salir a probar la inocencia de Cristina, andan desesperados intentando probar delitos cometidos por otros. Y lo único que encuentran son llamadas truchas entre bobos que van p’allá o copitos en acción.

Darían la vida por pescar al Lázaro Báez o al Cristóbal López de algún importante dirigente de Juntos por el Cambio y no lo encuentran. No es que no haya sino que no saben buscar. Nunca nos olvidemos que los servicios de inteligencia de Cristina estaban manejados por Parrilli. Y todo el país conoce, gracias a la misma Cristina, las aptitudes personales del gran Oscar. No le pidan mejillones.

¿Este es el problema a enfrentar en el 2023? En absoluto. Esto ya va siendo historia. Sobre la epopeya albertista solo cabe disfrutar de sus últimos once meses y a otra cosa mariposa.

El verdadero problema que tenemos es lo que viene después. Ahí debemos poner el ojo. Hacer docencia y patrullaje. Llegó la hora de exigir definiciones políticas serias y profundas, planes bien claritos, ideas técnicas específicas, medidas concretas con datos fehacientes y definiciones bien precisas de los procedimientos a seguir. Y todo bien limpito, sin zonas oscuras. Si no, que le vayan a pedir el voto a Cadorna. Atenti que hay mucho boludo con slogan en el camino.

Amigo lector, de eso se trata este año. Va propuesta para arrancar: el primero que grita “sí se puede” lo tiramos por la borda. ¿Dale?

Feliz 2023 para todoaex@$s.

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